Arranca un nuevo año y, casi sin darnos cuenta, damos vuelta la página del calendario. Con eso llegan preguntas, expectativas y también cierta incertidumbre. No sabemos exactamente qué traerán los próximos meses, pero sí sabemos que las experiencias van y vienen, y que no todo necesita ser controlado.
Este tiempo suele invitar a bajar un cambio y a mirarnos con un poco más de atención. Antes de seguir, vale la pena detenerse un momento, respirar hondo y pensar desde dónde queremos transitar lo que viene. No se trata de grandes promesas, sino de elegir una intención simple y honesta.
Dejar que las emociones encuentren su lugar ayuda a empezar con más claridad. Abrirse al amor, al cuidado y a lo que necesite ser sanado también forma parte del proceso. A veces es crecimiento, otras veces es descanso, y muchas veces es aprender a recibir sin tanta resistencia.
Esa energía que se mueve cuando estamos más presentes se transmite, incluso sin darnos cuenta, a todo lo que nos rodea. Por eso, soltar lo que pesa y confiar en lo bueno que puede llegar es una forma serena de comenzar el año, entendiendo que lo que deseamos empieza a construirse en esos pequeños gestos cotidianos.